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Ariel Ortega es ingrato

Indudablemente que los hinchas riverplatenses deben de estar muy agradecidos con el "Burrito" Ortega. El habilidoso volante participó de los logros más importantes obtenidos por el club. Sin ir más lejos, la presencia del jujeño ha sido determinante en las últimas fechas del Clausura 2008, cuyo ganador fue River Plate. No en vano, es el ídolo del club "millonario".

Ahora bien, no menos cierto es que, a partir de su problema de alcoholismo, ya sea tanto de parte de la dirigencia del club, hinchas, como del actual técnico, Diego Simeone, procedieron de la mejor forma con el futbolista. De hecho, el DT llegó a la entidad y le brindó toda su confianza: le dio la titularidad y la cinta de capitán.

A mitad del torneo, el jugador tuvo una recaída con su reconocida adicción al alcohol. La respuesta de Simeone y el presidente, José María Aguilar, fue de sumo respeto. Casi no hicieron referencia al caso públicamente. Sólo respondieron con mesura las preguntas ineludibles.

A partir de allí, el entrenador, por una cuestión obvia, no puso de titular a Ortega mientras se recuperaba. El DT fue prudente. Cuando lo creyó necesario fue dándole más minutos en campo, a pesar que el "Burrito" se quejaba por ello. En rigor, la decisión del técnico fue la correcta. Quedó claramente demostrado en el encuentro frente a Boca Juniors. En esa oportunidad, probó con el jujeño de entrada y se notó claramente que todavía no estaba en su mejor estado.

Finalmente, tras dos partidos en los que ingresó al comienzo del complemento, lo colocó desde el primer minuto frente a Colón y Olimpo, encuentros decisivos que derivaron en la obtención del Clausura. El ídolo riverplantense cumplió con creces; su papel fue fundamental. Pero también hay que decirlo: Simeone eligió el momento exacto.

River fue campeón, pero los problemas no terminaron. En la primera práctica luego de lograr el Clausura 2008, Ortega faltó. El técnico no declaró nada polémico al respecto. Aunque sí hubo una noticia relevante a partir de ello: el presidente del club le ofreció un contrato al futbolista hasta el 2011 (dato no menor: el jujeño tiene 34 años). Surgieron trascendidos que hablaban de un Simeone cansado de la conducta del jugador y una evidente dificultad para lidiar con su enfermedad. La respuesta del "Cholo" en relación al tema fue: "Hay veces que las palabras sobran".

Acto seguido, según la prensa, el sábado pasado el futbolista llegó al entrenamiento en malas condiciones físicas (aparentemente por su patología de público conocimiento). En consecuencia, no le permitieron practicar y, como corolario, Simeone le comunicó que no jugaría el último encuentro frente a Banfield.

Ortega explotó: se fue de la concentración, negó que haya llegado en mal estado a la práctica y salió a criticar al entrenador en los medios. Palabras más, palabras menos, dijo que a esta altura de su vida no quiere que lo usen más (elegante eufemismo del término "forrear"). En consecuencia, aseguró que se va del club y no porque quiera, sino porque "culpa del técnico".

Algunos interrogantes: ¿qué necesidad tendría Simeone de dejar a Ortega afuera del último encuentro si no es cierto que estaba en pésimas condiciones? ¿Para qué asumir semejantes riesgos políticos ante la hinchada, teniendo en cuenta que el jugador es su gran ídolo? Parecería más verosímil la versión que lanzaron los periodistas dedicados a cubrir los entrenamientos. De hecho, no es la primera vez que sucede con el jujeño.

En conclusión, Ortega esta siendo ingrato al realizar semejante declaración. No sólo con Simeone, si no también con los dirigentes y con los hinchas. Él es un profesional y debe intentar actuar a la altura de las circunstancias. De no ser así, debe acatar las órdenes del cuerpo técnico y aceptar las decisiones que se tomen cuando no cumple con lo establecido.

Es esperable que el mundillo del fútbol actúe con sensatez. Sin demagogias, pero también sin búsqueda de villanos. Ojalá eviten las burdas dicotomías (es demasiado pedir, se reconoce). Sólo hay que ser precisos y no colocar a los ídolos en un lugar donde quizás ni ellos mismos quieren estar. Quererlos, respetarlos o reconocerlos, no son sinóminos de aceptarles traspasar cualquier límite.

La idea no es juzgar al jugador por sus "problemas personales". Pero tampoco es justo que quienes actuaron con prudencia y, por consiguiente, lo hayan protegido, paguen luego los platos rotos.

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